“Sin alianzas productivas el campo seguirá quedándose solo”

ace 20 años, Juana Ramírez, una habitante de María la Baja en el departamento de Bolívar, estuvo a punto de abandonar su tierra por el abandono y la falta de oportunidades.

Recuerda que su pueblo era visto como un sitio fantasma, donde nadie cultivaba ni una sola yuca. Estaba repleto de actores armados al margen de la ley y en esa época fue catalogado como el sitio más pobre del país. “Hasta las culebras se fueron de allá”.

Hoy en día, esta morena con marcado acento costeño, vive tranquila, gana recursos suficientes para darse uno que otro lujo y no piensa abandonar su hogar hasta que de su último respiro.

La razón de su cambio es que lleva varios años como una de las 3.000 familias en la costa norte de Colombia y los santanderes que cultivan palma africana: dice que el cultivo transformó su diario vivir.

“Oleflores llegó en 1998 a cambiarnos la vida. Nos presentó el negocio de la palma africana y nos explicó sus beneficios. Con varios de mis vecinos nos asociamos y logramos montar una planta extractora, a donde llevamos lo que sembramos en más de 15.000 hectáreas, para luego vendérselo a la empresa”.

Afirma que esta alianza productiva es un gana-gana. “Una sola palma puede durar 25 años produciendo. Hoy tenemos buenos ingresos, mejoramos nuestra calidad de vida y educamos a nuestros hijos”.

Doña Juana, como le dicen sus amigos, fue una de las productoras que participó en la primera Gran Cumbre Colombia Rural, en donde varios campesinos y empresas comercializadoras presentaron las alianzas y asociatividades exitosas además de alternativas para continuar fortaleciendo este tipo de mecanismos.

Santiago Tobón, director de Hacercol y experto en desarrollo rural, fue el encargado de liderar el panel de alianzas productivas y asociaciones. “Alcanzar la asociatividad es el reto más viejo que tiene Colombia, algo que ha afectado el desarrollo rural y ha generado un atraso en las zonas del campo. Pero hoy en día hay casos de éxito que nos sirven de ejemplo y han alcanzado la productividad, comercialización y construcción de tejidos sociales, atributos que los hacen más eficientes y competitivos”.

Aunque informó que según el Censo Nacional Agropecuario la cobertura y el desarrollo de las asociaciones de productores cuenta con niveles demasiado bajos, y que no llegan a más del ocho por ciento de productores, las alianzas productivas son necesarias para que el campo no se quede solo.

“Cuando hay asociación la diferencia es enorme, tanto en cantidad de producción, eficiencia, uso de tecnología, acceso a insumos y al mercado. Vale la pena seguir trabajando en ello. La asociatividad incentiva a la inversión en las unidades productivas”.

Para Tobón, “estas alianzas aumentan ingresos, generan que los campesinos vivan mejor que antes, con efectos positivos en la producción y construcción de capacidades. El arraigo se fortalece y la gente empieza a decir: yo me quiero quedar en la tierra con estas mejores condiciones”.

Al final del panel, luego de escuchar varias de las iniciativas exitosas, el experto concluyó que el mayor reto para la política pública en esta materia es sacar una regulación que haga florecer las alianzas y el ejercicio con los aliados comerciales. “Es importante que se multipliquen. La asociatividad es clave para el desarrollo rural”.

¿Qué hace falta para mejorar la calidad de vida en el campo?

a protagonista en el panel sobre calidad de vida en el campo, que se presentó en la Primera Gran Cumbre Colombia Rural, fue Nelly Velandia la presidenta de la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas quien, a nombre de la población rural, expuso los retos que tienen los gobiernos. También recordó las deudas históricas que hay con el campesinado.

“Nosotros debemos tener una vida digna y deberían garantizarnos vivienda, servicios públicos y nuevas tecnologías. Además, desde el campo llamamos a la implementación de los acuerdos de la Habana. Si esto se cumple nuestras condiciones mejorarían” dijo Nelly Velandia.

En respuesta a sus peticiones, el Viceministro de Desarrollo Rural, Javier Pérez Burgos, dijo que desde el Gobierno tienen claro que “vivir en el campo debe ser una decisión y no un sinónimo de exclusión”. Dijo que entre los desafíos principales está reacomodar la ecuación en el presupuesto, que dispone 20 por ciento para inversión en bienes y servicio públicos y 80 por ciento para programas de asistencialismo y subsidios.

La líder campesina, entre aplausos del público, retó al Gobierno nacional y regional a reducir la pobreza en el campo. Y es que esta brecha es representativa: el 15,4 por ciento de las personas en la ruralidad viven por debajo de la línea de indigencia, es decir, la pobreza extrema rural es tres veces más alta que en las cabeceras urbanas.

 

Desarrollo rural, responsabilidad de todos

Otra de las insatisfacciones de la población campesina, en este caso los cafeteros, es la escasez y precariedad en la educación. “La oferta educativa en áreas rurales llega hasta la primaria completa y los jóvenes que quieren estudiar migran, dejando el campo sin población para un futuro” explicó José Leibovich, director de investigaciones económicas de la Federación Nacional de Cafeteros, basado en una encuesta que le hicieron a esta población.

En este sentido, Leibovich estuvo de acuerdo con el viceministro y otros panelistas en que los subsidios no son suficientes. Camila Aguilar, directora ejecutiva de la Fundación Alpina, dijo, por su parte, que el Gobierno no es el único responsable del desarrollo rural sino “todos los actores que convergen en el territorio”.  Por último Nelly invitó a que no se hable más de subsidio si no de inversión para el campesino.